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Durante este siglo XX acontecieron numerosos sucesos que debieran referenciarse
mejor a la historia de España más que a la aragonesa propiamente dicha.
En 1908, Zaragoza celebra el primer Centenario de los Sitios y la conciliación entre los dos pueblos con una
importante exposición Hispano-Francesa que dota a la ciudad de nuevos edificios y lugares públicos (Plaza de los Sitios,
Museo Provincial). Además, en estos momentos comienza a implantarse el tranvía en la ciudad, se urbaniza la huerta de
Santa Engracia y se inaugura el puente del Pilar (Puente de Hierro). Los edificios públicos de la ciudad también se
modernizan apareciendo así la sede de Correos, la Diputación Provincial, el Ayuntamiento y el Grupo escolar Joaquín
Costa.
Durante los años 10 y 20 los conflictos sociales azotan la vida ciudadana, culminando con el asesinato en 1923
del Cardenal arzobispo Soldevila. Pocos años más tarde se funda la Academia General Militar, bajo la dirección del
General Franco. Durante la II República la conflictividad social continúa, llegando a producirse una huelga general de un
mes de duración en 1934.
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Zaragoza, al igual que España se sumerge en 1936 en una Guerra Civil.
Al estallar la guerra civil, la Ciudad se alinea con los insurgentes, y a su alrededor se producen importantes
movimientos bélicos cuyo objetivo principal es su defensa o conquista (frentes del Ebro y de Teruel).
Con el encuentro de Mola y Cabanellas el 7 de junio de 1936 en las Bardenas
quedaba garantizada la fidelidad de la V División al alzamiento. Tras las primeras
noticias sobre el golpe, el general Núñez de Prado, recién llegado de Madrid, fracasó en
su intento de mantener a Cabanellas al lado del Gobierno. La situación, muy poco clara
en los primeros momentos se definió cuando a las 5 de la madrugada del 19 de julio se
declaraba el estado de guerra en Zaragoza.
En Huesca y Teruel la sublevación se decidió cuando, sin encontrar apenas
resistencia, se sumaron al movimiento la Guardia Civil y los Guardias de Asalto. Algo
distintos fueron los hechos en Jaca, que se hizo fuerte hasta que murió su alcalde,
Muro, y en Barbastro, que permaneció fiel al Gobierno.
Esta situación inicial de adhesión al alzamiento quedó modificada por la llegada
de columnas de milicianos, procedentes de Cataluña y el País Valenciano, que
recuperaron para la República la mitad oriental de Aragón.
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El vacío de poder que se produjo al derrotar a los sublevados permitió que
sindicalistas catalanes y dirigentes anarquistas zaragozanos establecieran el
colectivismo: al margen del Estado republicano surgieron comités revolucionarios
protegidos por las milicias de la CNT.
La implantación de un nuevo orden social y político, que hay que entender en
conexión con la coyuntura excepcional de la guerra y no como resultado de una
imposición violenta en todos los casos, fue acompañada de la eliminación física de
grandes propietarios e industriales, falangistas, miembros de Acción Popular Agraria y
de la Iglesia.
Sin embargo, el proceso de consolidación de las colectividades se vio truncado
por factores como el fracaso de los intentos por controlarlas desde el gobierno, la pugna
entre diferentes formas de concebir la política agraria y las repercusiones de los sucesos
de mayo del 37, que motivaron que el gobierno de Negrín las disolviera por la fuerza con el
apoyo de los comunistas. Esto y la disolución del Consejo de Aragón, (órgano del
gobierno regional presidido por Ascaso) mediante un decreto de agosto del 37 formó
parte del proceso de centralización del poder republicano ante las necesidades que
imponía la situación bélica.
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La militarización de las columnas, finalizada en abril de 1937, hizo que la guerra
se convirtiera en un enfrentamiento entre dos ejércitos organizados; tal fenómeno
coincidió con el inicio de la movilidad en el Frente de Aragón.
Este frente, que mantuvo a la región dividida desde agosto del 36, entró en acción
con la fracasada ofensiva republicana sobre Huesca en junio de 1937 y con el ataque a
Fuendetodos y Belchite, cuya rendición obtuvo en septiembre. En diciembre, el deseo
de hacer fracasar los planes de Franco sobre Madrid llevó a los gubernamentales a
proyectar con éxito la conquista de Teruel; la batalla marcó un hito en su historial bélico
al ser la única capital que consiguieron sustraer del bando insurgente.
No obstante, la reconquista de esta ciudad por el ejército franquista (22-2-38) fue el punto de partida del desplome del frente de Aragón; en marzo se avanza por
Belchite y Quinto; luego caen Alcañiz, Montalbán y Caspe; en el norte se rompe la línea Tardienta-Alcubierre y Fraga es ocupada. Menos en Bielsa, donde el
comandante Beltrán (el Esquinazao) resistió hasta el 6 de junio, y en el extremo meridional de Teruel, la guerra está finalizada a la altura de abril de 1938.
No obstante, la reconquista de esta ciudad por el ejército franquista (22-2-38) fue
el punto de partida del desplome del frente de Aragón; en marzo se avanza por Belchite
y Quinto; luego caen Alcañiz, Montalbán y Caspe; en el norte se rompe la línea
Tardienta-Alcubierre y Fraga es ocupada. Menos en Bielsa, donde el comandante
Beltrán (el Esquinazao) resistió hasta el 6 de junio, y en el extremo meridional de Teruel,
la guerra está finalizada a la altura de abril de 1938.
A partir de esta fecha Varela inicia el ataque por Aliaga-Ejulve, de modo que en
mayo ha conseguido ocupar toda la provincia menos el rincón de Puebla de Valverde y
Mora de Rubielos, escenario de los últimos enfrentamientos hasta septiembre. El avance
del ejército de Franco ponía fin así a los experimentos revolucionarios, sirviéndose para
ello de la violencia y del envío de muchos aragoneses al exilio.
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