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Los conflictos sociales y las diferentes tentativas de usurpación hacen que
este período se caracterice por su inestabilidad política.
Los pueblos germanos actuaron de forma fulminante sobre un Imperio
que ya se encontraba en proceso de descomposición.
En el año 409, las invasiones de suevos, vándalos y alanos causarán en el valle del
Ebro graves disturbios que provocaran hambre y epidemias.
Cæsaraugusta fue la base de operaciones, de Geroncio, promotor de la entrada
de los germanos en Hispania. Su apoyo en los bárbaros que se movían
en el sur de la Galia no sólo abrió a éstos la Península, sino que
también explica por qué la provincia Tarraconense se vio libre de la
ocupación germana.
La debilitación del Imperio, así como la llegada de estos pueblos produjo
numerosos levantamientos y sublevaciones que no podían ser controladas ni erradicadas por
el Imperio que comenzaba a morir.
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Para resolver esta situación, los romanos solicitarán ayuda a los visigodos, pueblo
germánico aliado del Imperio.
A partir del 441, el Valle del Ebro fue atacado por los bagaudas. Éstos
eran esclavos urbanos y ciudadanos arruinados unidos a campesinos
desarraigados frente a un sistema político que les negaba ya la libertad,
ya la supervivencia económica. Tras su derrota en Araciel, repitieron su
ofensiva en el 449. El ambiente de confusión creado por este segundo
brote bagáudico, fue aprovechado por el rey suevo Requiario, que
saqueó la ciudad de Lérida y la región de Zaragoza.
En el año 472, un ejército Visigodo cruzó
los Pirineos y se apoderan del valle del Ebro
sin apenas resistencia, tras apoderarse de Pamplona,
tomó Cæsaraugusta y otras ciudades próximas,
asegurándose el paso hacia el interior en todas
sus direcciones.
Simultáneamente, otra
expedición goda penetró en la provincia por el
Pirineo oriental y ocupó los centros urbanos del
litoral.
Tras el golpe de estado de Odoacro en Roma en el año 476 (caída del
Imperio romano de Occidente), los progresivos asentamientos de
Visigodos en el Ebro (desde el año 494) alentaron tentativas de sublevación
entre la aristocracia hispanorromana, perjudicada en sus posesiones.
Cæsaraugusta mantiene su importancia gracias, principalmente, a la actividad cultural
fomentada por la Iglesia, con obispos como Braulio.
Ese compromiso con la iglesia y la
lealtad con el poder visigodo de las ciudades antigüas del imperio romano
se puso de manifiesto en la elección de Cæsaraugusta en los años 592 y 691
para la celebración de concilios eclesiásticos.
Durante los primeros años de la Edad Media, la ciudad va a sufrir
nuevos ataques, ahora por parte de los francos, quienes la sitian, aunque sin éxito, en el 541.
En el año 691 se reúne en ella el único Concilio General de la Iglesia celebrado fuera de la capital visigoda.
Entre los siglos V y VII decaerá la actividad de la ciudad de Cæsaraugusta;
comparativamente con la que podría haber habido durante el Imperio Romano, durante
este periodo de cambio se terminará de instaurar el cristinanismo, siendo
Cæesaraugusta sede episcopal durante los siglos VI y VII.
A comienzos del siglo VI todavía se realizaban espectáculos de circo a la manera
romana, y el grandioso edificio del teatro apenas se usaba, pero eran los últimos
resabios de una civilización que terminaba de disgregarse.
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