Impresionante
el micro-festival que pudimos ver el sábado
29 de enero para las fiestas del patrón de
la ciudad, San Valero. Nada ni nadie nos avisó
de lo imposible del asunto. El Cairo se quedó
pequeño para el evento, así que habrá
que pensar en una nueva ubicación para la
próxima edición, si es que se atreven
los organizadores.
Los 80 más duros
La noche comenzó temprano, a cargo de Los Tenistas
que, vestidos con pantaloncitos al uso y camisetas que
dejaban clara su devoción por la Navratilova, John
McEnroe y Björn Björk, saltaron a la "cancha"
dispuestos a despedazar los oídos de todos con
un punk de extrarradio perfectamente anclado en los 80,
que
era de lo que se trataba en una fiesta dedicada al revival
de esa década. No dejaron títere con cabeza
en cuanto a la puesta en escena. Para empezar llegaron
a la "tierra batida" escoltados por tres guardaespaldas
adictos a la cerveza que llevaban la camiseta del grupo.
El cantante, al que se le ponía la frente de un
rojo brillante cuando berreaba, sin pudor, las letras
de la guardería de la que salieron los niños
de la familia Addams, no se quitó las gafas de
sol ni las ganas de reventar los tímpanos al personal,
durante toda la actuación. Imprescindibles para
traumatizar a tus hijos, cuando los tengas.
Tras ellos iban a llegar El Gran Puzzle Cózmico
pero graves problemas familiares de última hora
lo impidieron. Un abrazo, chicos.
La década de luto
El dj de continuación (como dicen en los grandes
eventos) no era otro que Herbal, uno de los habituales
del garito indiepop Central (no confundir con la macrodiscoteca
maquinera de la piel de toro), del que casualmente es
dj residente Hang The Dj, es decir, Julio de La Nota Discordante
(que no firma este artículo porque ahora nos mira
desde la cumbre del Heraldo de Aragón, je je je.).
Herbal estuvo mucho más acertado que de costumbre,
ya que nos hizo bailar
durante la media hora que separaba un concierto de otro.
Por fin llegó el turno de Oblique, un proyecto
barcelonés que puede dar que hablar en los próximos
meses. Ya han sido recientemente remezclados por Fangoria,
y todo (aunque eso no es garantía de éxito,
como bien sabe cierto personajillo ridículo que
conocemos todos en Zaragoza). A mitad de camino entre
gente como Miss Kittin y lo más suave del future
pop, fueron dosificando su espectáculo desde el
soso comienzo hasta la apoteosis de jolgorio que supusieron
las versiones de Depeche Mode y el "Holliday"
de Madonna. Sus canciones variaban entre el gélido
silicio y las orgánicas voces de sus componentes.
Nos gustó especialmente la del clon de Felipe (el
amigo de Mafalda) que, en realidad, se llama Andrés,
lo suficientemente gangosa y potente como para agarrarse
a nuestros tímpanos con tesón. Sinceramente
creemos que fueron lo mejor de una noche en la que lo
más bizarro estaba aún por llegar.
Las urracas parlanchinas
Cuando estábamos como mentecatos bailando las canciones
de Amnesia y otros proyectos de finales de los 80 e incluso
de los 90, a cargo de Herbal (aún no entendemos
lo del alzacuellos; quizás por eso tenía
una inspiración divina) llegaron dos pelagatos
vestidos de los Globber Trotters con pelucón afro
y nos dijeron que eran The Movidas. Ni cantaban ni bailaban,
pero yo no me los pierdo la próxima vez que tenga
ocasión de verlos. Con bases musicales a cargo
de Quique Yemas (el mejor del conjunto) en las que se
podía oír desde funk hasta pasodobles, los
otros dos se dedicaron a demostrarnos la posesión
del título mundial de la coprolalia exacerbada,
escupiendo al micro títulos como "Paquirri
era gay" o "Dónde vas Michael Knight"
y consignas invitando a la gente a ir a la Florida 135
o a no comprar techno alemán, en un estilo nada
convencional dentro de los cánones establecidos
por el hip hop al uso. También les dio tiempo para
meterse a saco con nuestro amigo el responsable del fanzine
Georgie Girl, por haber dejado en mal lugar en su publicación
al festival FEA y a todos estos grupos de electroclash
español cutre.
Tuvieron hasta un espontáneo al micro, al que bautizaron
Dj Lazarillo y su improvisación acerca del Scotch
Brite del siglo XXI al acercarse alguien del
público a regalarles una bola de pelos cuando uno
de los cantantes bajó a marcarse unos pogos con
el personal, fue uno de los momentos memorables de la
noche. Necesitamos más micro-festivales ya.