[kawaii blues]
||> txt :. el pececito de colores ||> dsñ:. Sergio Pacheco
7” Single Mix
      Estaba trabajando con el ordenador en un trabajo que no tenía que entregar hasta el lunes. A primera vista parecería que había tiempo de sobra, pero si lo acababa el viernes por la tarde, tendría todo el fin de semana para hacer lo que realmente quisiera hacer. Por supuesto, sobre tan cercana “deadline”, la versión oficial era que me lo habían mandado esa misma mañana.
      Súbitamente noté un sutil estremecimiento en la fuerza y al volverme hacia la puerta allí estaban mis padres, con esa cara de cuando se traen algo entre manos y cogiditos del brazo. “Ya está –me dije-, ya tengo un hermanito”. Pero estaba equivocada.
      “Hemos estado hablando y hemos pensado que no eres una niña; bueno sigues siendo una niña, pero ya tienes una edad.”
      Me echaban de casa. Pero si era una adolescente.
      “Lo que tu padre quiere decir es que hay algo que tienes que saber.”
      Vale, se iban a separar.
      “Ya es hora de que sepas algo importante, no muy importante, pero sí importante. Sobre ti.”
      “Seguramente te habrás hecho preguntas, y suponemos, porque te tenemos por una chica muy inteligente cuando quieres, que posiblemente lo hayas descubierto por ti misma.”
      “Lo que tu padre quiere decir es que hemos decidido que era el momento para que supieras toda la verdad”.
      ¿Hemos? Yo no había decidido nada.
      “No somos tus padres.”
      “Tus padres biológicos.”
      “¿Qué queréis decir?” – ésta soy yo.
      “Que no somos tus padres.”
      “Tus padres biológicos.”
      “Eres adoptada.”
      “...” –ésta soy yo otra vez.
      “En fin, nosotros somos caucasianos y tu eres de piel más bien oscura...”.
      Les había preguntado de pequeña y me habían dicho que ellos tenían una rara enfermedad de la piel (que sólo tenían tres personas en el mundo) que hacía que la piel se decolorara. Por eso cuando íbamos a la playa estaban todo el rato en el chiringuito. ¿No?
      “Además nuestros rasgos son diferentes. Nosotros somos caucasianos y tu eres más bien sudamericana. Más bien... sudamericana del todo.”
      “Y está lo demás...”
      Estaba desconcertada.
      “¿Cómo--?” –sí, yo.
      “Supongo que quieres saber cómo te adoptamos.”
      “Sí, me gustaría” –no había olvidado lo de “y está lo demás”, no soy tan lenta de mollera, pero en esos momentos no pensaba con claridad y no tenía claras las prioridades.
      “Bueno, habíamos intentado durante muchos meses quedarnos embarazados, incluso leímos un libro o dos sobre el tema y vimos varias películas, bueno, didácticas...”
      “Tu padre tenía muchas ganas de tener un hijo. Siempre se ha sentido orgulloso de su... esperma.”
      “Pero los chiquitines no conseguían marcar. Y lo intentamos. En serio. Hicimos todo lo que pudimos. En todas las posiciones posibles.”
      “Resulta que era un problema de motilidad. La cantidad está dentro de lo normal, pero son... algo lentos. La posibilidad de que alguno llegara a fecundar uno de mis óvulos estaba ahí, pero no estábamos seguros de que fuera a ocurrir. Así que...”
      “En un viaje a Centroamérica que hicimos con los padres de tu amiguita Mariola visitamos un pequeño pueblo que descendía de los Aztecas y te compramos a una pareja local por veintidós dólares.”
      “Y un espejo y seis o siete de esas botellitas de licor que reparten en los aviones.”
      “¿Me adoptasteis ilegalmente?”
      “Ilegalmente en lo propio riguroso de la palabra no. Era una pareja muy humilde que tenía hijos que no podían mantener para que les ayudaran en el campo. Sólo querían varones, si no te hubiéramos recogido te hubieran llevado a lo profundo del bosque y dejado allí para que te devoraran los lobos.”
      “En cuanto te tuvimos en nuestros brazos no pudimos separarnos un momento de ti.”
      “Pero en el avión...” –si crees que puedes ver mi cara, deberías verla de verdad.
      “Te metimos en la bolsa de mano, pero hicimos unos agujeritos para que pudieras respirar.”
      “Y te dimos un preparado de hierbas del lugar para que no lloraras.”
      “Todo natural.”
      “Todo natural.”
      Se dice que todo el mundo tiene un precio, pero esto es ridículo. Viendo el lado bueno, la experiencia me ha demostrado que si tienes que venderte cara para que “aprecien lo que tienen” entonces es que no te querían realmente. Al menos esos veintidós dólares, el espejo y las botellitas de licor merecieron la pena. Supongo.
      Esta es una de esas ocasiones en que la realidad supera a la ficción. Una de esas cosas que si no te pasaran a ti no te las creerías. En fin, así que mis padres no son mis padres. Al menos eso explica muchas cosas.
      Al menos me he salvado de morir de frío o ser devorada por los coyotes. O peor, trabajar de sol a sol en el altiplano maya por cuatro hierbas, y casarme a los dieciséis y morir a los treinta de alguna rara enfermedad como la “diabetes”.
      No ha sido un mal día después de todo. Sabiendo que podía afectarme, mis padres se han ofrecido a escribirme una nota disculpándome por no entregar el trabajo a tiempo debido a problemas familiares. Por supuesto he tenido que aceptar, hay miles de cosas que puedo hacer un viernes por la tarde.
      Llevo unas semanas pidiéndoles que me compraran otra mascota, “preferiblemente” un perro (que es una forma sutil de decirles que QUIERO UN PERRO), y si ahora intentan compensarme tengo posibilidades de conseguirlo. Seguía, y sigo, teniendo el acuario, vacío, en mi cuarto. Mis padres habían insistido de esa forma particular suya en que me lo quedara yo porque no había otro sitio y no se iba a tirar después de lo que había costado (porque tenía que aprender el valor del dinero). Ese acuario arrojaba una sombra de sospecha sobre lo que me esperaba. Pero quizá ahora...
      Si al menos pudiera quitarme la sensación de que el fantasma del pececito de colores sigue observándome... Es curioso, incluso diría más, inquietante, pero puedo sentirle.
      Supongo que viene en los genes.