[kawaii blues]
||> txt :. el pececito de colores ||> dsñ:. Sergio Pacheco
Zoolanderella
Este es el funeral más triste al que jamás he ido. Mis padres no podían asistir por “razones religiosas”, así que lo he hecho yo misma. Era la única “familia” que tenía, no sabía muchas oraciones, y tampoco había mucho trabajo que hacer como enterradora, pero hice lo que tenía que hacerse. “Irse por el retrete” no será sólo una expresión nunca más.

No sé por qué esa insistencia en los funerales de “mantenerse entera”. Obviando el chiste fácil sobre el mito de los funerales y el sexo, es un momento verdaderamente deprimente cuando no doloroso, y deberían permitirte perder toda la dignidad de la que seas capaz.

Vale, era un pececito de colores, y nuestra relación estuvo marcada por un sentimiento de fascinación no correspondido, pero no pude evitar derramar unas lágrimas cuando se hubo marchado. Después vacié media botella de amoniaco (que por cierto llevaba abierta un buen rato) y me marché a preparar unos sándwiches.

No me sentía diferente, a pesar de los vapores inhalados y estar aún bajo los efectos de los analgésicos. No notaba que nada hubiera cambiado en mi vida. Tenía un acuario vacío en mi cuarto que dejaría un sitio cojonudo para una ilustración de J. Scott Campbell que estaba pedida por catálogo (ya me había acostumbrado a tener los tomos de KOO a mano) e iba a poder cambiarme sin darle la espalda a la pecera (práctica en que lo único que cambiaba era que yo no le veía a él porque él seguía viendo lo mejor de mí). En el fondo, le echaría de menos. Muy en el fondo. Muy, muy en el fondo. Con “Los Vigilantes de La Playa” y “Los Fruities”.

Mito de los funerales aparte, el poder afrodisíaco de un sándwich de queso era el secreto mejor guardado. Aunque algo de relación debía haber entre enfrentarse a la mortalidad y la respuesta concupiscente, no era nada comparado con unas lonchas de queso en pan de ayer. No es que sea una pervertida, es cosa de mi metabolismo. Por ejemplo, las ostras me dan asco. Sin ninguna razón aparente, aparte del aspecto a gargajo, a comerlas vivas, a tener que tocarlas con la lengua y sorberlas como los mocos. Pero el queso me pone. Son cosas del metabolismo.

Sin embargo tenía el tiempo justo para la quedada con Mariola, y por alguna razón no acababa de atraerme la idea de llamar a Stu. “¿Stu? Me. Come or I come?”.

Iba a comprarme un par de CDs al Fnac y había llamado a Mariola para acompañarme con el único propósito de contarle lo del morreo con Stu. Por alguna razón, estaba más resplandeciente que nunca. Mira por donde, iba a enterarme del objetivo de la infame caja de condones.

Un pajarito les había dicho a sus padres que la habían visto con el pollo del gimnasio de Fitness y aunque ella les había dicho que no salía con él ni pensaba “hacer nada”, la habían obligado a llevar una caja de condones o si no, no saldría de casa. Estábamos bastante seguras que el pajarito era la vecina que se dedicaba a limpiar la escalera, tarea que realizaba a las horas de tránsito escaleril.

Esta actividad tenía tres vertientes, por una el cotorreo con las vecinas, por otra el quejarse de los mozos y mozas que le pisaban el fregado, y como clímax al límite de lo irreal, quejarse de que los vecinos tiraban las colillas al suelo o de que los perros dejaban caer el pelo.

Sin duda estaría a favor de una reunión de vecinos para decidir que los vecinos con animales, preferiblemente perros pastores, tuvieran la obligación de tricotarles un jersey que tuvieran que llevar al menos al entrar y salir de la comunidad. Posiblemente con patucos.

Y en lo que respectaba a los fumadores, tendrían que aguantar el mono hasta salir del portal o apagar el cigarrillo antes o después de entrar al edificio, bien sea al entrar o al salir del mismo, respectivamente. Este, denominémoslo, “reflejo inducido” era ya a priori algo imposible que no podía entenderse por nadie que no estuviera en “el vicio”.

También estábamos ambas de acuerdo, más Mariola que yo, en que tuvo que ser en el bar del Fnac, cuando coincidimos Stu y yo con ellos dos, cuando fue captada por la cotilla del fregoteo, posiblemente de rebajas a la busca y captura de un gorro de colores o disfrutando de un paseo con su marido, que por cierto lleva un bonito jersey de punto y siempre tira las colillas antes o después de entrar al edificio, bien sea al entrar o al salir del mismo, respectivamente.

Lo más importante era el asunto de los condones. Me sentí aliviada y extrañamente deseé dar marcha atrás en lo mío con Stu. Ahora me arrepentía y me sentía dentro de una de esas atracciones de feria a las que realmente no, NO, quieres subir. Quizá me había sentido impelida por el inesperado romance de Mariola con “la tabla de chocolate” humana esa.

Ese era un buen momento para sacar el tema del beso con Stu. Así que, saltándome algunas partes, se lo solté. Estaba deseando oír qué tenía que decir.

“Pero si yo pensaba que eras lesbiana.”

¿Qué?!!