[kawaii blues]
||> txt :. el pececito de colores ||> dsñ:. Sergio Pacheco
Pulling Rabbits Out Of A Hat
Stu se había acercado suavemente y me había puesto la mano sobre la frente. La frente. No tendría que haber sacado la lengua.

Ahora sólo podía disimular. Al sentir su mano, aunque estaba yo más caliente, o precisamente por eso, me recorrió un escalofrío. Entonces, por sorpresa, le puse la mano en la cara. ¿Pero estaba tonta?

Tenía las mejillas ardiendo, los labios resecos, los ojos llorosos, y además estaban mis incesantes “sniff” y un tono nasal al hablar. No podría competir con Cameron Diaz en el Gran Torneo de Las Fantasías Húmedas, pero seguía contando con mi atractivo natural.

Estaba a una patada de quedarme sólo en pijama (estoy muy sexy en pijama), tumbada en la cama, indefensa a voluntad. En cualquier momento podía entrar alguien. Tendría que ser algo rápido. Y sucio. Me dejaría hacer.

Si algo iba mal, podía echarle la culpa a los analgésicos. Podría decir que la mano se me había ido sola. Podría balbucear una excusa tan rápido como él pudiera retroceder asustado. Pero no creo que estuviera preparada para un “¿Qué estás haciendo?”. Eso le corta el rollo a cualquiera.

Podría decirle “¿Tu que crees?”. Sí, pero y si él me dice “No lo sé. ¿Qué estas haciendo?”. Habría que hacer algo más explícito. No sé si me atrevería. ¿Explícito como qué? Soy suficiente explícita por mí misma. Tendría que llevar uno de esas pegatinas de: “Parental Advisory. Explicit Girl.”

Sí, a solas, con el chico con el pelo más largo que jamás he visto, y al que mejor le quedan los vaqueros por detrás. Sí, a solas con el hombre de mis sueños.

Lo cierto es que a solas me quedé conmigo misma. Stu levantó su mano para posarla sobre la mía cuando mi madre entró justo en ese momento y aparté la mano más rápido de lo que tardaría en decir “Brudulbudura”. La mano de Stu se quedó en el aire, y eso me confundió. ¿No había tenido ningún pensamiento libidinoso? ¿Era tan asqueroso de tomárselo como un gesto de amistad? Oh, Howard bendito, ¡era gay!

Vale, no era gay. Pero si me iba a rechazar, por lo menos tendría que tener la decencia de ser gay. No estaba de humor para una de esas fórmulas de tradición oral que pasan de rompecorazones en rompecorazones.
Cuando volvimos a quedarnos solos, pregunté cual Lemming, “¿Dónde estábamos?”. Esta sí era la definitiva. Nadie usa esa frase en una conversación normal. Es esperanto para “Y ahora, sin pantalones”.

Bueno. ¿Pues qué dijo? Dijo: “¿Eh?”. Con un bonito acento inglés.

Es cierto lo que dicen. Los problemas de una pareja son fundamentalmente problemas de comunicación. Pero no estaba todo perdido, posiblemente viendo cómo se me caía el alma al suelo, se acercó y como Shrek a la Princesa Fiona me dio un morreo. Vale, ahora sí estaba confundida.

¿Cómo se le ocurrió besarme? ¿Qué clase de Bud Bundy besa a una mujer enferma? No puedo hablar por mi lengua, que tiene sus propias motivaciones, pero una cosa es desvariar presa de mareas febriles o fantasear con lo que pueda ocurrir, esclava de mi turgente cerebro, y otra que abusen de una debilidad afectiva sin haber hecho ningún movimiento de advertencia. Yo era una mujer muy enferma. Y necesitaba la boca para respirar. “Besar e intentar no asfixiarse” sería a partir de entonces un lema en mi vida, estaba segura.

Y sí, Shrek no besaba a la Princesa Fiona hasta el final, y no era precisamente un morreo, pero nosotros no teníamos guionistas que mantuvieran la tensión y condujeran nuestros pasos a través de un plan maestro. Estábamos en la vida real. Teníamos que improvisar. Todo el tiempo.

Por otra parte, no teníamos que ceñirnos a una calificación para todos los públicos. Aunque, más allá de la demostración explícita de la sexualidad, no era algo particularmente tranquilizador el no estar segura de que iba a haber un final feliz.

Cuando lo dejamos unos segundos después, con un extraño sentimiento de liviandad, no pude hacer nada más que sonreír como una idiota mientras le miraba a los ojos, intentando absorber el océano de chispitinas que irradiaba de nuestro contacto visual. Fascinante, sí. Vale, ¿y ahora qué?

La adrenalina y las hormonas corretean desbocadas por las venas... Tengo que aprender a silenciar mis pensamientos. Desde hace un tiempo a esta parte, estoy segura de que el pececito de colores puede leerme la mente, puedo sentirlo.

¡La madre que--! Esa forma de flotar panza arriba en el acuario no es saludable.