| [kawaii
blues] |
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| ||> txt :. el pececito de
colores ||> dsñ:. Sergio Pacheco |
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No me estaría vistiendo
y desvistiendo a oscuras si no fuera por ese condenado
pececito de colores. Creo que en el salón
habría estado mucho, mucho, mejor. Para colmo,
mis padres han decidido, que ya que el pescadito
es mío, que guarde yo en mi cuarto el bote
de la comida y los papelillos para medir el peache.
Resultado: he tenido que mover mi estatuilla de
Sailor Moon a la parte alta de la estantería,
donde suelo tener los comics de tapa dura, el hentai,
e irónicamente, los de Rob Liefeld y Scott
Lobdell. Si se mira bien, es algo que tendría
que haber hecho igualmente porque sé que
no tardarán en convertir a la pequeña
bola de lentejuelas en un reclamo para mis primos
pequeños, también conocidos como los
X-Mocosos por la destrucción,
y los mocos, que dejan a su paso.
No contentos con eso, han decidido importar del
cuarto de mi hermano una maceta porque
quedaba bien junto a la pecera. De nada ha servido
insistir en que me roba el oxígeno, porque
según ellos, lo que hace es renovarme el
aire. Y tampoco ha servido decir que me desconcentraba
o que me iba a llenar el cuarto de bichos porque
no digas tonterías y no
tiene bichos, respectivamente. Cuando llegué
a la parte de los gritos dijeron que no me pusiera
tonta porque podrían poner dos.
Sí, intenté sacarla al pasillo, pero
dos días después estaba al ordenador
y avisté algo de reojo. Giré la cabeza
y allí estaba. Había vuelto. Estoy
condenada.
Lo que más me jode es que el cuarto
de mi hermano es un cuarto vacío a
la espera de que mis padres tengan un momento de
inspiración en la cama.
Mi vida está traumatizándose por momentos
por culpa de algo más pequeño que
mi dedo pulgar. Después no podrán
culparme a mí cuando me vuelva antisocial
y sólo me relacione con otros frikis. De
hecho el otro día vi Ghost World
y la encontré fascinante. Creo que puede
ser el primer síntoma.
Es cierto lo que dicen. No sabes lo que tienes hasta
que lo pierdes. Antes era feliz, tenía control
sobre lo que me rodeaba. Podía abrocharme
la cremallera sin pillarme... ¿Qué
me estoy pillando?
Se supone que Mariola me está esperando en
el bar del Fnac para ir a comprarse unos zapatos
y me da que va a seguir esperando un poco más.
Siempre es la misma rutina. Se sienta enfrente y
se prueba más zapatos de los que podría
pagar; se prueba incluso los que no le acaban de
gustar. Se levanta, camina un poco, se mira en el
espejo, y vuelve a probarse otro par. Cerrados,
abiertos por delante, abiertos por detrás,
de suela gruesa, zuecos, sandalias, botas, botines...
No puede dejar de tocar nada que esté expuesto.
Aunque no vaya con ella. Lo mismo es un peluche
que la enciclopedia de Star Wars.
Después acabaremos en su casa, donde se volverá
a probar los zapatos, normalmente los dos o tres
pares que se haya comprado. Volverá a repetir
el proceso, esta vez con música de fondo
y delegando en mí la confianza que delegaba
en el espejo en la tienda. Y no puedo decir que
mi opinión sea muy parcial, pero... qué
puedo decir, soy una chica mala. Finalmente, decidirá
devolver uno o dos pares quedándose con unas
sandalias bajas si su intención era comprarse
unas botas, y quedándose con las botas si
pensaba cogerse las sandalias.
Es el tipo de chica que, bueno, tiene las paredes
cubiertas de posters de Celine Dion. Ese tipo de
chica. Una vez le pregunté a qué venía
eso y me dijo que era una proyección ideal
de sí misma. Eh, ojos que no ven, corazón
que no siente. Vamos, que si no se entera, no seré
yo quien se lo cuente. Tengo que reconocer, y no
tengo ningún problema con ello, que además
de guapa y delgada, tiene un polvo. Como buena canadiense.
Quizá si enciendo la luz pero sigo de espaldas
a la pecera...
Oh, genial, la cremallera se ha atascado y no sube
ni baja. ¿Ahora cómo me lo saco? Tirando
fuerte. Nada que tumbarte en la cama y empujar no
pueda solucionar. Listo. ¿Qué me pongo
ahora?
Juraría que he oído a ese pececito
de colores soltar unas burbujas. Pez malo. |
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