| [idas
de olla] |
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| ||> txt :. Lourdes Liñán
||> dsñ:. Sergio Pacheco |
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| cómo sobrevivir a una compra
de sábado en el super |
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Comprar en el súper
puede ser divertido o puede ser un verdadero coñazo
dependiendo de la edad, del tiempo del que dispongas,
de quién te acompañe o del lado del
mostrador en el que estés.
Para mi desgracia o mi fortuna, me toca estar en
el lado del que atiende, y desde mi puesto de vigilancia
veo muchas cosas. Lo más habitual es ver
a la mamá lanzada a la aventura de ir a comprar
con los niños. Si el niño es pequeño
se le puede retener dentro del carro, sólo
hay que tener cuidado de que al llegar a la caja
no lo pasen por el escáner. Si el niño
pasa de los cuatro años, está perdida.
Y si en vez de uno son dos o más, sálvese
quien pueda.
Lo más divertido es cuando los niños
llevan esos carritos hechos a su medida, pequeñitos
con una banderita en lo alto de un asta de dos metros
para que se sepa por dónde van, y entonces
creen que los pasillos del súper son improvisadas
pistas de autos de choque. Cuando descubren que
aquel culo con el que han chocado no es el de su
mamá, sino el de una señora desconocida
con muy mala leche, huyen despavoridos llevándose
por delante a toda promotora o reponedora que se
encuentren en su huida. Suena exagerado, pero no
lo es. Yo lo he vivido.
Luego están los niños recolectores,
que cogen todo lo que les gusta y lo van echando
al carro de su mamá sin que ésta se
de cuenta. El momento cumbre de esta experiencia
llega cuando la madre mira el carro lleno de chocolatinas,
paquetes de patatas, caramelos, refrescos de moda
y luego mira la cara de satisfacción de su
niño. Dos minutos después el carro
está vacío, el niño llora y
es la madre la que tiene cara de satisfacción.
Y luego está el otro compañero de
juego del niño que poco a poco se ha convertido
en un miembro más de la familia: el patinete.
Como reponedora de un supermercado, siento verdadero
terror cada vez que veo un niño montado en
su patinete, porque sé por dónde viene
el niño, pero no sé dónde aterrizará,
¿quizás encima de mi pie?
Pero las mujeres no sólo tienen que enfrentarse
a la aventura de ir a comprar con sus hijos, sino
que también deben afrontar la durísima
tarea de dejar que sus parejas les acompañen.
Si el novio, marido o lo que sea es un poco espabilado,
hasta le sirve de ayuda, pero si es de los que cumplen
la estadística, la señora además
de estar pendiente del número en la carnecería,
en la pescadería y en la charcutería,
tiene que estar pendiente de no perder de vista
a su pareja en algún pasillo del que luego
no sepa salir, o peor aún, que tenga que
mandarlo a algún pasillo para perderlo de
vista.
Pero aún no ha venido lo peor. Lo peor de
la compra de un sábado son los abuelos. Hay
algunos que se aburren mucho y sólo van al
súper a mirar y pasar el rato, pero hay otros
que hacen del arte de tocar las pelotas un verdadero
deporte de competición. “¿Y
esto cuánto vale?” Tres euros. “Y
eso en pesetas, ¿cuánto es?”
Quinientas, pero oiga, que tiene que pagar en euros.
“¿y eso otro cuánto vale?”
Dos euros con noventa y nueve céntimos. “Y
eso en pesetas, ¿cuánto es?”
Unas quinientas. “Y esta bolsa de naranjas,
¿cuánto cuesta?” Dos euros con
noventa y ocho céntimos. “Y eso en
pesetas, ¿cuánto es?” Unas quinientas.
“Ya me estás liando, aquí todo
vale quinientas!” Pues mire, ahí tiene
razón, pero es que con esto del redondeo,
ya se sabe.
Y luego están los abuelos que revuelven todo
hasta que encuentran el melón de su vida.
Y cuando ya han tirado ocho melones al suelo para
coger el del fondo, te llaman y te preguntan: “¿este
melón es bueno? Anda búscame uno bueno”.
Y mientras, apartan con el pie uno de los ocho melones
que han tirado al suelo y que yace abierto por la
mitad.
Por el otro lado, están las abuelitas encantadoras
que se han dejado las gafas en casa y te agarran
de la manga para que les busques todo lo que necesitan,
desde la bolsa de magdalenas hasta la aguja de hacer
ganchillo del número tres “para hacerle
una colcha a su nieto que tiene quince años
y que este año se ha ido a Londres a estudiar
inglés porque como su hermano se fue el año
pasado y es un año mayor, pues claro, sus
padres también querían que su hijo
fuera este año, ya que su otro nieto, el
de su hija la pequeña, ya estuvo allí
hace tres meses y su sobrina, la que le trae bizcochos
de los blanditos porque si no, no los puede comer
por la dentadura postiza, a todo esto, ¿de
qué te estaba hablando?”
Y después de toda esta vorágine de
gente, además, también hay que aguantar
al jefe. Y al jefe de tu jefe, y al director, que
es el jefe del jefe de tu jefe. Porque aparte de
pagarles para organizar y para mandar, les dan un
plus especial si les tocan las pelotas a los empleados.
Y mientras todo el mundo está deseando que
llegue el sábado porque comienza el fin de
semana, los reponedores sufridores de un supermercado
estamos deseando que quiten los sábados del
calendario. |
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